Tentativa de vacaciones

Mi mujer sale esta mañana de repente con que quiere ir de vacaciones a Córdoba. Bah, primero me dijo que de ahora en más va a empezar a levantarse muy temprano todos los días para salir a correr. Después me preguntó si tenía algún contacto que nos pueda dar alguna data sobre Córdoba: un camping lindo, una hostería barata, aunque más no sea un hotelito medio pelo en medio de la nada donde poder pasar unos días con los chicos. Sí, se le ocurre justo ahora, un sábado a la mañana sin dejarme terminar de agarrar mi taza de café con leche y en medio de un rebrote de pandemia. Como si yo no tuviera otra cosa mejor que hacer más que entretenerla a ella. Yo conozco un cordobés que en mi adolescencia solía venir casa, le digo, pero nada más. No tengo sus datos anotados en mi agenda, es evidente que los borré hace mucho tiempo atrás. Ella pone cara de intriga y hace rodar el dedito en el aire en señal de que siga. En general suele hacer eso cuando desea que abunde, que vaya más profundo con la lengua. Si querés te cuento, le digo:

Era un cordobés al que, por eso mismo, le decíamos Córdoba. Cayó un día por casa muy campante con un cajón de soda y una lista de encargos que venía adentro del libro que me regaló. En su momento yo ni me había percatado de que eso era una listita de encargos para mí; o mejor dicho, una lista que él pensaba que yo, de alguna manera, iba a terminar llevando a adelante como si fuera mía. Estoy hablando de años atrás, ¡casi otra vida! Pero la ficha me cayó recién ahora, cuando me lo preguntó mi mujer.

Cuando esto pasaba yo no estaba ni casado ni comprometido ni nada. Es más, ni siquiera había conocido a esa chica que después se convertiría en mi mujer. Por entonces yo vivía solo en un departamento cercano a la avenida Corrientes. Era apenas un cachorro, todavía no se me había terminado de soltar la mano, pero ya escribía. Entonces Córdoba pulsó el botón aturdidor del timbre sostenidamente con el dedo. Cuando abrí lo primero que me dijo es que estaba muy apurado y quería dejarme un encargo. Creo que él mismo me contó que alguien le había tirado soda para repartir. El asunto es que andaba por el barrio, tenía el camión mal estacionado, y andaba con un cajón de soda que le había quedado sin entregar y quería que fuera yo quien se lo diera a mi vecina, a quien yo aún no conocía y tampoco estaba en casa ese día. Se ve que él estaba muy interesado en atenderla, quizá la consideraba un cliente potencial o algo así.

Mientras hojeaba no sin escaso interés el librito que me acababa de dar con el cajón de soda traté de explicarle que yo nunca entrego nada a nadie de parte de nadie, menos si no conozco a la persona. Tengo mi propia agenda, le dije. La que, por otro lado, nunca incluye entrega de soda. Cuando levanté la vista Córdoba se había retirado. No pude ni terminar de explicarle que yo —que en esa época trabaja en una compañía de encomiendas— entregaba mensajes esclarecedores, postales de recuerdo, tarjetas de salutación o despedida, vouchers para vacaciones, vales para cenas y lo que viene después, invitaciones a eventos y, si tenía suerte, cartas de amor. Pero de ninguna manera entregaba otra cosa. Eso fue todo. Ahí quedó el cajoncito, en el recuerdo desgasificado de sifones sin impulso.

Ante la falta de datos mi mujer insistió con que vuelva a revisar mi agenda a ver si lo tenía traspapelado. Nada. Pero, ¿qué más te acordás? ¿Nada? ¡Ah, tal vez sí, algo! La última vez que lo vi fue el día en que me mudaba de ese departamento. Mientras terminaba de subir el escritorio y la computadora al camión de la mudanza, alcé la vista y ahí estaba él, cantando villancicos navideños en una ventanita de la casa de mi vecina. Entonces, ¿ellos se conocen?, me preguntó mi mujer. Yo no lo sé, trato de recordar lo que puedo, contesté. Bueno, pero si no tenés más datos entonces este contacto no nos sirve, me dijo ella. Y yo aproveché para confesarle que en realidad Córdoba, como ciudad, me encanta, pero no para vacacionar. Yo había vivido ahí un par de años y desde entonces no me traía buenos recuerdos. Todo lo cual seguramente es material para otra crónica. Preferible que vayamos a otro lado, le dije. Entonces ella se dejó de joder con eso de las vacaciones en Córdoba y empezó a buscar otro lugar: el mar, ¡ah, el mar!

La única razón por la que yo volvería a Córdoba es si mi mujer, cuando seamos viejos, me pide de ir a vivir a las sierras, a escribir y descansar.


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